lunes, 24 de noviembre de 2008

Los sospechosos no viajan a Suiza (3 a)

3 a

Cuando me dijeron que habían atracado el banco en seguida supe quién había sido. Se había comportado de forma extraña aquellos días y no era raro pensar que tramaba algo, aunque la policía ni siquiera llegase a sospechar de ella.

Por supuesto que la ‘lista de los cuatro’ estaba incompleta, o, cuando menos, injustamente considerada. Sólo cuatro personas -me decía el detective Barrow- han podido organizar este atraco; Edward Cramer, el director del banco; Cristine Harlow, jefa de personal; usted misma, señorita Wilson; y Joe O'Harlay. Y sólo el señor Cramer está fuera de sospecha. Así que, ¿tiene algo que alegar en su defensa?

Mike era un policía encantador, pero no había quién lo soportase cuando se ponía en plan de película americana.

— No estoy de acuerdo con esa lista —le dije— y, como usted sabrá, todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario.

Y lo contrario nunca se demostró.

Un buen día nos reunieron a los tres sospechosos y nos interrogaron, muy amablemente, eso sí, pero sin rodeos.

En primer lugar, Joe lo único que sabía era lo que yo misma le había comentado la tarde anterior al robo. Tal y como lo había dispuesto el señor Cramer, el dinero quedaba un instante sin vigilancia, mientras se abría la caja y se protegía el furgón hasta que se fuese. Me extrañó mucho, pero no tuvo más importancia que yo me preocupara por eso.

Tom y Dick habían visto constantemente a Joe, y así lo declararon los dos guardias; Criss se había tenido que ir, como muchas otras veces, cosa que exasperaba a Edward, a Swords a cuidar de su anciana madre que sufría una grave enfermedad, varios familiares podían corroborarlo. Respecto a mí, habían bastantes dudas.

(...continuará...)

Pamela Wilson

jueves, 20 de noviembre de 2008

Los sospechosos no viajan a Suiza (2 c)

2 c

Respecto a los rumores no tengo nada que decir, mi padre no tenía nada que ver con Pam y quién la visitaba todos los viernes por la noche, nunca quiso decírmelo, aunque creo sospechar quién era. Pam sólo tropezó con Bud una vez, en aquel pub de los barrios bajos, mientras esperaba a que terminase de reparar la caldera. El dueño del pub era un gran amigo mío, y como yo tenía bastante experiencia en fontanería gracias a mi padre, me pidió que le echase un vistazo a las tuberías. Cuando salí, como teníamos prisa, tuve que llevarme a Pam del brazo, realmente me sentía avergonzado de mi padre, borracho, con una jarra de cerveza en cada mano y un aliento capaz de tumbar a un elefante, yo había insistido en que Pam no debía ir a aquel pub, pero ella insistió en esperarme allí. Aunque no tuvo mayor importancia el incidente.

Mi madre tampoco era motivo de orgullo para mí, en sus tiempos había sido delincuente juvenil, y había pasado por mil y una fechorías hasta encontrar al que sería mi padre en quién sabe qué sitio. Era una vieja quisquillosa y chismosa y no dejaba de meterse conmigo y con Pam.

Yo no quería que Pam conociese a mi familia, pero eso no fue posible, si Pam tenía alguna debilidad, esa era la gente, le encantaba relacionarse con cualquier persona que encontrase, era muy abierta y comunicativa, además de bastante alegre. Fue un día a visitar a mi madre y estuvo hablando con ella largo y tendido. Nunca se llevaron muy bien ya que a mi madre le obsesionaba la idea de perderme, siempre tenía fantasmas y manías rondándole por la cabeza.

No tuve más remedio que dejar de visitarla y vivir mi vida sin que ella se entrometiese, aunque fue casi imposible, llegó incluso a aparecer en el banco para hablar con el señor Cramer sin que ninguno de los dos me dijese qué pasaba.

Joe O'Harlay

domingo, 16 de noviembre de 2008

Los sospechosos no viajan a Suiza (2 b)

(Seguimos con esta historia que ya tiene sus añitos. Espero que os guste.)

2 b

Aparte de conocer a Pam, lo único que no me gustaría olvidar de todo cuanto ha pasado en el banco es el robo. Todo lo que ha sucedido en los dominios del señor Cramer ha sido extraño, pero aquella tarde del viernes lo fue aún más.

Pam no hacía mucho que se había ido a su casa, como solían hacer algunos las tardes de los viernes, y sólo quedábamos unos pocos terminando lo que hubiese que terminar y los guardias de seguridad. En aquel momento deberían estar terminando de descargar el furgón cuando sonó de pronto la alarma. Corrimos hacia la puerta de atrás y cuando llegué yo, Tom ya la cerraba.

— El furgón ya no está aquí —me dijo—, han descargado y se han ido sin novedad hace un rato.

La alarma sin embargo seguía sonando y parecía haber sido accionada desde otro sitio. Tom y el otro guardia registraron todo el banco y aun el sótano y la cámara, y sólo encontraron al señor Cramer, hecho una furia preguntando qué sucedía que dónde estaba el dinero y por qué no hacían nada para encontrarlo. Cuando nos dimos cuenta de qué sucedía, el dinero ya había desaparecido, y al señor Cramer, qué lástima, casi le había dado un infarto, decía no sé qué de haber vigilado el furgón y otras sandeces que nadie tomó en cuenta.

Pocos días después‚s apareció un policía muy simpático, Mike Barrow creo que era su nombre, e hizo preguntas a todo el mundo dispuesto a solucionar el misterio. El personal del banco le prestó todo su apoyo, excepto, por supuesto, el director, que se mostró bastante esquivo con ‚l.

Cuando sospecharon de mí por segunda vez, llegaron incluso a llevarme a comisaría e interrogarme, pero yo no había hecho nada malo, y de nada podían acusarme, así que no tardé en volver a mi casa, aunque nunca dejaron de sospechar de mí por culpa del maldito señor Cramer.

(...continuará...)

Joe O'Harlay

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Los sospechosos no viajan a Suiza (2 a)

(Seguimos con esta historia que ya tiene sus añitos. Espero que os guste.)

2 a

Sólo cuatro personas en aquel banco pudieron haber robado el dinero; Pam Wilson, encargada de las transacciones comerciales con el extranjero; el propio director del banco, el señor Cramer, un tipo excéntrico, de edad madura, calvo y grueso, que siempre tenía interpretaciones matemáticas para todo, hasta llegar a exasperar a todos los empleados, aunque claro, era el director y nadie escatimaba loas y alabanzas al gran dios griego, realmente era un tipo despreciable, sólo veía aquello que él quería ver, y las cosas eran siempre como él las interpretaba, aun si la interpretación fuera estúpida. La señorita Cristine Harlow la jefa de personal, estaba ya harta de sus constantes refranes y ‘verdades de libro viejo’ como ella las llamaba. Criss era pelirroja y muy guapa, y aunque tenía un carácter algo arisco, todos los del banco la apreciábamos mucho porque sabíamos que guardaba un corazón de oro, por cierto, ella era otra de las personas que tenía posibilidad de robar el dinero aquel viernes.

La cuarta persona era yo, aunque nadie sospechaba de mí hasta que metí la pata en uno de los interrogatorios y se descubrió que yo sabía más de lo que debería. Tampoco era mucho, sólo lo que Pam me había contado acerca de la llegada del furgón y del lapso de tiempo en que quedaba el dinero fuera de vigilancia, sólo un instante, pero suficiente como para que se armase todo lo que se armó.

De todos modos no tardé en quedar fuera de sospecha, ya que al menos dos de los guardias de seguridad, creo que fueron Tom y aquel del que nunca recuerdo el nombre, me vieron cuando sonó la alarma, que más que ayudar sólo consiguió confundirnos, y así se lo declararon a la policía. Sin embargo, El señor Cramer consiguió que me volviesen a creer sospechoso con sus influencias y todo su poder burocrático, ese hombre debería estar al menos en un sanatorio.

Siempre que sucedía algo en el banco, me lo achacaba a mí, yo era el que lo hacía todo mal, el que siempre se equivocaba y no daba ninguna a derechas, y por supuesto no había forma de defenderse contra estas acusaciones ante él, se creía dueño de la verdad absoluta, incluso por encima de la verdad misma.

Yo creo que me envidiaba porque Pam se fijó en mí y no en él, cuando empecé a salir con ella, noté que Cramer se indignaba por cualquier detalle sin importancia. Y a medida que pasaba el tiempo, y Pam y yo nos entendíamos cada vez mejor, Edward llegó a aborrecerme, e incluso a odiarme. Yo sabía que quería despedirme, y que aprovecharía cualquier excusa para hacerlo, aunque realmente ya tenía yo ganas de alejarme del señor Cramer y de todo lo que él dominase.

(...continuará...)

Joe O'Harlay

lunes, 10 de noviembre de 2008

bajamos el ritmo... pero seguimos en la brecha

Quien mucho abarca poco aprieta...
Así que, como ha quedado claro en las últimas semanas, voy a bajar el ritmo de actualizaciones de este blog. Pero no lo voy a abandonar, porque, simplemente, necesito seguir practicando, seguir aprendiendo, seguir manifestándome a través de la magia de las palabras... La uva está hecha de vino y los seres humanos estamos hechos de palabras.

viernes, 10 de octubre de 2008

¡Enviado!

Hoy 10 de octubre he enviado a la editorial SM mi aportación para el concurso de "El barco de Vapor".
Nada más enviar mi novela en seguida me he puesto a pensar que no estaba todavía lista, que necesita más revisiones (y llevo cinco)... Pero formaba parte de un reto personal, y nada ha terminado aquí. Sigo escribiendo, sigo en camino...

viernes, 3 de octubre de 2008

Los sospechosos no viajan a Suiza (1)

(Hace muchos años, cuanto comenzaba en esto de la escritura, se me ocurrió experimentar con una historia en la que no hubiese un narrador imparcial, sino que se basase en testimonios que, quién sabe, pueden no decir siempre la verdad. Algún día explicaré de dónde me vino la idea, pero ahora aquí va el primer fragmento de "Los sospechosos no viajan a Suiza")

1
Joe no podía haber sido el ladrón, él nunca tuvo ninguna idea brillante, y la gente decía que era incompetente. No sé si será verdad, pero lo cierto era que se había enamorado de Pam, y podría haber hecho cualquier cosa sólo con que ella se lo insinuase; jugarretas del corazón.
La madre de Joe, por el contrario, tenía un especial sentido común. No dejaba de aconsejar a su hijo que dejase a Pam, pero la chica tenía una extraordinaria personalidad, y parecía controlar a Joe; sus movimientos e incluso, según alguien llegó a decir, sus pensamientos. El padre de Joe, Bud O'Harlay, sólo quería la vida para beber cerveza. Se oía decir que Bud y Pam se reunían todos los viernes por la noche en casa de ella, cuando Bud salía del taller mecánico donde trabajaba. Por supuesto que eso no era verdad, pero la gente oye, la gente dice...
Pam podía haber robado el banco, si eso hubiera sucedido, nadie en todo Dublín se hubiese sorprendido. Era una mujer arrolladora, alta y rubia, vestía y se enjoyaba bien, y era excepcionalmente fuerte de carácter. Podía endulzar sus ojos durante algún tiempo, si eso le hubiese servido para algo, pero terminaba mostrando su verdadera personalidad, aplastante, avariciosa en extremo y capaz de cualquier cosa para conseguir lo que se propusiese.
Tenía una carrera muy brillante, y fue eso lo que me escamó cuando vino a pedir trabajo al banco; con su historial podía aspirar a bastante más, aunque, dada la realidad y el desempleo, dejé de dudar de ella y la admití en las oficinas del banco, encargándose de las transacciones comerciales con el extranjero.
No tardó nada en apoderarse de todo el personal de la oficina; las mujeres la envidiaban sólo por su apariencia y de los hombres mejor no hablar. Hubo gran revuelo cuando se supo que había puesto sus azulados ojos en Joe, un simple cajero a punto de ser despedido por inepto.
La señora Marie O'Harlay, vino un día a hablar conmigo, muy misteriosa, la dejé pasar a mi despacho y me cantó las cuarenta acerca de su hijo y de Pam, y me exhortó a que interviniese. Yo le aseguré que no había nada que yo pudiese hacer y se fue poco después refunfuñando y diciendo que nos volveríamos a ver. Bellísima persona aquella viejecita, lástima que ahora... pero sigamos con Pam, que tiene mucho que enseñarnos todavía.
Yo comencé a sospechar de ella cuando empezó a salir con el zángano de Joe, por segunda vez, podía aspirar a más, pero ahora era exagerado, estaba tramando algo, y yo quería saber qué era. Descubrí entonces el jaleo que había armado con Bud; el pobre hombre, un borracho cincuentón de cuidado, tropezó con Pam en un pub de los barrios bajos. Según me han contado demostró interés por Bud en cuanto se enteró de que era el padre de su novio, pero lo que Pam no sabía era que Joe estaba en aquel momento trabajando en aquel pub, reparando la caldera o algo parecido. Cuando salió de allí y los vio charlando tan animadamente se indignó y, tomando a Pam por el brazo la hizo salir del local. Fuera tuvieron una discusión y parece que Joe no quedó muy bien parado.
No tardó en aparecer el rumor acerca de Pam según el cual se reunía todos los viernes por la noche con alguien en la habitación alquilada donde vivía y tenían la luz encendida hasta al menos las tres de la noche, aunque yo sabía quién era su acompañante y, por supuesto, no era Bud como se creía.
La última vez que vi a la madre de Joe antes del robo fue una semana después de que comenzase aquel rumor. Vino, como la otra vez, muy nerviosa, y me pidió que charlásemos en privado. Una vez en mi despacho me exigió, llorando, que hiciese algo para detener a Pam de una vez, ya que se había enterado aquella misma mañana según me explicó, de que su esposo también se relacionaba con aquella ‘bruja’ -dijo textualmente. Tuve que salir de mi despacho y llevarle una tila. La tranquilice y le asegure que no había nada de verdad respecto a su marido, le dije que estaba informado de todas las andanzas de mi empleada y que se veía con otra persona que yo no estaba autorizado a mencionar, pero que no era su esposo.
Al día siguiente, viernes, tenía que llegar un furgón blindado con suficiente dinero como para poder perderse durante bastante tiempo por el mundo. Muy pocas personas sabían de esta entrega, tres de mis empleados -entre ellos Pam-, y yo.
Poco después de haber sido descargado el furgón, alguien hizo sonar la alarma y organizó un gran revuelo en todo el banco. Y así se hizo todo, el dinero dejó un momento de ser vigilado y desapareció. Cuando poco después llegó la policía ya no encontraron nada.
Pam no dejó de estar visible aquella tarde, había salido un cuarto de hora antes y en un momento ya estaba, vestida y dispuesta, en el pub de costumbre con Joe.
En cuanto la policía se enteró del carácter confidencial del furgón, apareció por el banco el detective Barrow, de la oficina central de policía, y se puso a hacer preguntas a todo el personal, e incluso a mí, no podía creer que sospechasen de mí también.
Por cierto, aún no me he presentado, yo soy Edward Cramer, el director del banco y, a veces, el jefe de personal porque Criss, la verdadera jefa de personal, nunca estaba cuando se la necesitaba.
La policía siguió haciendo preguntas y más preguntas durante un par de semanas, hasta que todos quedamos hasta las narices del tal Barrow, entonces nos dejaron en paz y nos aseguraron que encontrarían el botín.
Y esto es todo lo que tengo que decir. Atentamente,
Edward Cramer